Despedidas, silencios.


Está siendo este enero especialmente frío. Más de lo esperado. ¿Dónde se habrá metido ese sol, la luz que nos alarga poco a poco los días?
La esperanza, ese calor más necesario que nunca. Este enero se ha vuelto castigador ¿Dónde están los rituales del renacer?
Más que renovar, un tiempo de despedidas, de silencios.

Se fue de forma súbita O. en la primera semana del mes. Un golpe duro. Era todo lo que puedes esperar de ser joven. Energía, ilusión, belleza, fuerza…  Como un fósforo iluminaba su sonrisa el espacio. Un golpe duro.
En la iglesia, en la despedida, viejas piedras y caras jóvenes. Palabras para un ritual que suenan fátuas. A la vez, gestos jóvenes de compromiso y solidaridad.  Me angustia imaginar la soledad que llenará los días; mañanas y tardes de silencio.

No hay casualidades, me atasco desde hace meses con una novela de Cela; “Pabellón de reposo”. La “Cocte-leo” con otras mas digeribles. Quiere enero que en estas semanas avance con la lectura. Cela siempre fue mordaz, provocador, irreverente.
De las muchas selecciones posibles que me ofrece este texto, me quedo para estos días con esta:

“Para lo que está vivo no existe lo que se muere, lo que se pierde implacablemente para la vida, lo que huye del cotidiano dolor de mantenerse, instante a instante, en una interrumpida continuación de actitudes. Y para lo que se muere, lo que vive y perdura es una ofensiva presencia que no se aguanta. ¡Dios mío, como siento en mis carnes, que pronto os regalarán su dolor y su temperatura, el desgarrado dolor de la verdad de lo que os digo!”

Enero frio y duro.
Nos trajo esta mañana la noticia temida y sospechada, marchó N. falleció de madrugada.
Hace un mes largo nos despedimos fundidos en un abrazo. Brillos en los ojos, nos faltó la mordacidad, la ironía; tan presente y tan habituales en nuestras conversaciones.
Durante unos segundos, largos segundos, me paralicé. Temiendo lo peor, anticipando la agonía, el dolor. Aquella tarde, me perdí en el peor de los silencios. Tu ingenio me rescató.
“- Te veo muy zen …” No sabes cuanto agradeceré esta frase que me llevo en el recuerdo.

Desde que nos anunciaron el fatal desenlace, en mis desvelos nocturnos venía tu recuerdo.
Cada noche, durante estos largos días evocaba escenas, encuentros…
Tus ojos claros, tu mirada limpia. Viajes, maletas pesadas, libros, agua hirviendo en el termo, cigarrillos, mate. Conversaciones, discusiones imposibles… nosotros los hombres… como seres imposibles.
Tus relatos de la tierra astral, tus escritos. Tanta magia…
Hace más de 25 años te encontré sin reconocerte, en un piso de la calle Atocha.
Hoy te despido, en silencio sintiendo que seguimos conectados, amiga, compañera y siempre luchadora N.
Nos vemos y seguimos con la plática, seguro! Te abrazo y te llevo en el alma.

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