ESCRIBIR y QUEMAR (2)


Con unos garabatos ilegibles,  cuatro notas, caminas por las calles de siempre.
La incomodidad te empuja sin rumbo fijo. Te dejas tragar por una boca de metro. Acompañas a una multitud silenciosa y distante.   Escaleras mecánicas, miradas y gestos contenidos. Corredores, pasillos y chaflanes. Espejos de seguridad y un músico solitario con su saxofón.
El anden al fin es un escenario  solitario, vacío. Inmaculado, decorado en azul luminoso como una casita de muñecas. El capricho de un arquitecto de interiores.  Te lo imaginas en silencio, solitario visitando su obra por las noches, disfrutando del minimalismo de sillas, luminosos, horarios y relojes.
Una mujer al otro lado se mira en la pantalla de su móvil. Te entretienes mientras la observas.
En el escenario,  convertido en  escaparate, buscas  que responda. Un tren pasa.
Se acabo el juego, piensas. Levantas la cabeza y sigue allí. Te mira. La miras.
Viene tu tren,  no montas, corres por el andén. Cruzas las vías por el pasillo, buscas a la mujer del otro lado. Cuando llegas no está. La buscas por los pasillos, por las bocas de salida.
Ni rastro. Desolado y abatido por el impulso te dejas caer en las sillas  azules.
Tomas cuaderno y  lápiz. Antes de escribir levantas la cabeza y miras al andén desde donde la mirabas. Está allí sentada, en el lugar que tu ocupabas. Sigue mirando su pantalla, la cabeza ladeada hacia el frente, su melena negra y ondulada cae sobre los ojos. La miras. Ahora de forma más directa. Te levantas, piensas en llamarla. No sabes como. Tu cuerpo es un reclamo. Agitas el cuaderno, ahora,  ella te mira.
Se levanta, sonríe,  se marcha andando por una de las bocas del andén.
Un primer impulso, salir tras ella.
En ese momento llega un tren. Te subes. Te sientas derrotado en un rincón. Hay poca gente, es tarde, muy tarde. Sacas  papel,  lápiz y recuperas tus garabatos. Comienzan a tomar forma.

Escribes.

Estaciones adelante, enfrente, enfundado en una americana,  ves a tu dermatólogo.
Sentado en una silla azul metro, escribe en su cuaderno.  Tiene una mirada triste, los ojos no le brillan como por la mañana. Parece cansado. Escribe. Le miras en la distancia. Te preguntas si él escribe para quemar. El tren se va, tu con él.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s